24 ago. 2009

Las idas y vueltas

Estoy preparandome para el viaje. Me quedan unos pocos días aquí, quisiera vivirlos como si nada, pero es imposible. El viaje ya se ha instalado en mí, en mi cabeza y en el estómago y no me deja en paz. Hablo de los viajes que de alguna manera forman nuestras vidas, los viajes que a mí me llevaron a escribir este blog. Los viajes que generan expectativas y tambien temores. Es un experimento en el que se debe intercambiar la certidumbre por la curiosidad, y la tranquilidad por una experiencia con un fin inseguro.

Los viajes que pienso y deseo cuando ninguno está en el horizonte son los más atractivos. Los inalcanzables. Cuando uno compra el pasaje y ya tiene una fecha concreta de la partida, la atractividad del viaje se disminuye día a día, hasta llegar los últimos que son los peores. Uno aún no está allí pero tampoco está aquí del todo, porque no puede hacer los planes del futuro con los demás. Es un tiempo que solo hay que dejar que pase.

En esos días uno se da cuenta de las cosas que está dejando atrás. De repente las cosas invisibles se hacen significantes. Porque al fin son ellas que forman nuestras vidas. Y son ellas que extrañamos después de estar más tiempo fuera del hogar. Cuando sufrí mi último „homesick“ grave, me puse a extrañar incluso las cosas que hasta ese momento no sabía que me gustaban. Comidas que se consideran típicas checas pero que casi nunca como. Ver las teleseries policiacas en la madrugada después de que se acaba la fuerza para trabajar. Comer las tostadas de pan viejo en la cama. Lo mas cotidiano que normalmente no considero importante, como ordenar mi casa, regar las plantas y tender la ropa limpia en el balcón de repente se vuelven algo que me define, sin que no sería yo.

Y luego hay momentos que no siempre valoro pero son los que me hacen saber donde tengo la casa. Los que hacen que vuelva. Es dormirse y levantarse al lado de la persona querida. Acariciar las mejillas de mi sobrino. Ir donde mis padres, caminar en el bosque. Poder habitar el paisaje de mi infancia, donde no tengo que estar curiosa, ni abierta, ni atenta. Donde solo puedo ser.

Sí, estoy teriblemente sentimental, pero de pronto se me pasa. Cuando cierro la puerta de mi casa y subo al metro con mi mochila rumbo al aeropuerto, cuando el avión se despega de la tierra, el peso se queda abajo y me invade esa extraña especie de felicidad sin motivo, o sin un motivo que se podría describir bien con las palabras. Y si se hace, suena cursi: la felicidad de vivir en un mundo donde las cosas pasan.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

La vida es intrínsecamente problemática y nunca deja de sorprenderte. Toda reflexión por más lúcida que sea es solo un relámpago en un camino que es más bien oscuro. Te recuerdo lo que dice Blanca Varela "Al final del camino... abre tus alas".
Acá te estamos esperando.
Gracias por compartir tus dudas-tormentos que, palabras más o palabras menos, son los de todos y todas. Igual me sucede a mi. A veces me encojo y otras me expando.
Mucho cariño para ti. (gpm)

TaLia dijo...

Así es, tal como lo describes...Pero considera eso tb: aca te estamos esperando! Besos!

Dora dijo...

Y es que ustedes dos son de mis mejores motivos para ir. Y saber que al final del camino me están esperando me tranquiliza y alegra. Besos!

Angela dijo...

Saludos de mi parte a todo lo que puedas ver...

¡Buen viaje!

MariCarmen dijo...

buen viaje dora! :)