29 ago. 2008

Entrando al cuadro


Mi primer contacto con el Perú fue visual. Antes de poder comunicarme verbalmente me puse a observar. Y todo me gustaba. No es que todo fuera bonito. Pero todo fue interasantísimo. Me moría de ganas bajarme de esa combi guiada, salirme de la ruta turística y entrar a ese mundo tan fascinante. Lo veía como un gran cuadro lleno de colores, personajes fantásticos y caras arcaicas, pero un cuadro que además tenía olores, sonidos y sabores. Un cuadro demasiado perfecto. Quería absorberlo todo, saborearlo, comprender y aprender moverme dentro de él.

Hasta ese momento había viajado poco. Nunca había subido un avion y jamás había pisado otro continente. Tenía poca experiencia y era idealista. Crecí dentro de un país que por mayoría de mi vida estaba detrás de la „cortina de hierro“. Viajar era algo que no todos podían. Es decir se podía viajar a los países „amigos“ en los que la situacion era bastante parecida a la de Checoslovaquia y por eso no nos llamaba mucha atencion. En cambio a los otros países (que eran la mayoría) había que pedir el permiso del ministerio del interior y ese lo daba solo a muy pocos elegidos, miembros del partido comunista (a los que jamás se hubiera ocurrido escapar del „paraíso“ en el que vivían). La gente aprendió viajar sin salir de sus casas - leyendo libros. Yo tambien leía mucho. Y de vez en cuando iba al cine. Aproximadamente a los siete años me enamoré de un Apache llamado Vinnetou. Fue un heroe de películas hechas según las novelas de Karl May, un escritor alemán que nunca viajó al lejano oeste. Las películas las hicieron en Yugoslavia, el actor que actuaba el papel de Vinnetou era francés y su hermano blanco, Old Shatterhand, americano. Todos los niños de mi barrio jugaban de indios y de vaqueros, y todos deseabamos ser indios. La generacion de mis padres así jugaba de alemanes y rusos.

En mi casa hasta mis 16 años no teníamos tele. No es que fuera algo de lujo, al contrario, la tele era algo que unía a las masas, les daba temas a las conversaciones de mis compañeros del colegio. Cuando los niños se burlaban de nosotros por no tenerla, mi hermana les decía: "Es que estamos ahorrando para comprarnos un helicóptero". Y todos callaron. La verdad fue que la gran mayoría de los programas era pura basura y propaganda del partido. Por eso mi padre decidió no tenerla. Mis padres eran artistas que no hacían arte. Ser artista en un país totalitario no es nada envidiable. Así que prefirieron ser maestros y dedicarse a enseñar a los niños. En esa sociaedad tan uniforme mi familia parecía bastante rara. Mi madre me enseñó a apreciar la diferencia (imaginense una niña cuyo color favorito sea marón). Cuando veíamos la Olimpiada mi mamá que nunca se interesaba por los deportes la miraba y decía: „Mira las piernotas de esos negros, qué musculos… y viste el culo de la maratonista Nigeriana, qué tan paradito está! Qué guapa! Fíjate que cualquier color les queda mejor que a nosotros.“

Por eso cuando yo llegué a Perú estaba un poco como mi madre viendo la Olimpiada. Viendolo desde el punto de vista de hoy fuí una víctima perfecta de los rateros, bricheros y otra fauna urbana que frecuenta lugares llenas de niñas como yo. Me acuerdo de la primera vez que nos llevaron al centro de Lima paseandonos por la Alameda Chabuca Granda y nos dijeron que jamás cruzaramos el puente detrás de Palacio del gobierno. El día siguiente chapamos un taxi directo al puente. Porsupuesto lo cruzamos y caminamos subiendo por el cerro San Cristóbal. Llegamos hasta la cruz sanos y vivos. Luego entendí que el tipo que nos enseñaba la ciudad probablemente nunca se subió a una combi y jamás estuvo en un barrio como Rímac.

Con el tiempo aprendí a moverme por la ciudad sin sentirme amenazada. La verdad es que nunca me sentí igual que caminando por las calles de Praga, tan relajada y segura sin que nadie me observara ni hiciera comentarios. Pero aprendí a dónde y cuando podía ir sola, a dónde acompañada y a dónde ni hablar. Entendí que era una ciudad dividida, que uno no se podía mover libremente dentro de ella. Aprendí a estar siempre atenta pero no negativa – una cosa difícil. No es recomendable salir ala calle si a uno le viene un bajón o sea no debe mostrarlo porque la gente siente la debilidad y ataca. Cuando uno está mal siempre puede estar peor. La ciudad está llena de tristeza y deseperación y no hay que esperar la compasión. En la jungla urbana cuentes con la ley que „el fuerte gana“.

A cambio de la tranquilidad praguense mi vida en Lima se volvió una aventura diaria. Al aprender a comunicarme en castellano entré a ese cuadro colorido que tanta atención me llamaba. En cada paso aprendía cosas nuevas e útiles. En una reunion con mis amigos de la Uni se sobreusaban palabras „chévere“ y „bacan“ que no estaban en el diccionario. En cambio la palabra „escarchado“ estaba pero igual no entendía porqué estaba escrita junto con un número de teléfono por toda la ciudad.

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